jueves, 3 de diciembre de 2015

Capitulo VIII

CAPÍTULO VIII
EVOLUCIÓN DEL CONCEPTO DE BENEFICENCIA, DE LA CARIDAD CRISTIANA A LA RESPONSABILIDAD DE LA ADMINISTRACIÓN

LOS PREÁMBULOS DE UN SERVICIO PÚBLICO
 Como consecuencia de la influencia del protestantismo, el enfriamiento de la caridad cristiana y la Guerra de Sucesión, la beneficencia fue siendo agarrada por las riendas civiles, que también consideraba y consultaba a los eclesiásticos como auxiliares. El descenso de las grandes fortunas, junto al aumento de las necesidades, fue reclamando al estado como responsable de su ejercicio. A finales del siglo XVIII, la beneficencia fue reconocida como servicio público al ser sus rentas secularizadas y dependientes del estado.
Hasta el reinado de Carlos III (1759-88) no hubo en España un plan de beneficencia de carácter público. El afán del monarca y de sus ministros no fue suficiente para asumir todos los servicios asistenciales. Por eso, fueron necesarias iniciativas de las clases sociales más pudientes, la grandeza del reino, el clero y, particularmente, los prelados de la Iglesia.
Se establecieron obras de salubridad alejando los cementerios de los conventos e iglesias, ya que muchas enfermedades infecciosas se contagiaban por proximidad con los muertos enterrados. Además se empezaron a empedrar las calles y se plantearon obras de mejora en la reconducción de las aguas de suministro y desecho.
En el año 1822, durante el trienio liberal, tiene lugar la promulgación de la primera Ley General de Beneficencia, que regularía todo lo referente a esta materia, sirviendo además como base para la futura legislación durante el siglo XIX. Su importancia fundamental se debe a que representó el paso definitivo de la Beneficencia a manos de la Administración.
Retrocediendo un poco en el tiempo cabe citar de nuevo al rey Carlos III, pues a él se debe, el intento de dividir regularmente el territorio español en provincias, hasta entonces dividido en intendencias, que a su vez lo hacían en partidos.
En lo que a Málaga se refiere, el concepto actual de provincia no apareció hasta 1810. Su municipio estaba repartido entre las actuales provincias de Sevilla y Granada, que junto a Jaén formaban Andalucía. De esta manera, a la provincia de Sevilla pertenecían los actuales municipios de Sierra Yeguas, Teba, Cañete la Real, Archidona, Estepona, Ardales; y a la provincia de Granada, Málaga, Ronda, Antequera, Fuente Piedra, Marbella, Torre del Mar, Vélez Málaga, Comares, Coín, Álora, Alhaurín, Cártama, Casarabonela, Casa Bermeja, Almogia, Alhaurín el Chico, Colmenar, Río Gordo, Torrox, Nerja, Frigiliana y Monda.
Fue en 1833 cuando se publicó el Real Decreto mediante el cual se dividió el territorio español en 49 provincias. Su órgano gestor quedó en manos de las correspondientes diputaciones provinciales.
 En Málaga se conformó la primera corporación provincial, según acta capitular de 20 de diciembre de 1835 presidida por el teniente alcalde don Francisco de Sales Sánchez del Águila. Además de su presidencia, también participaron dos tenientes alcaldes, don Francisco Rebull y don José María de Llanos, trece regidores y los doce mayores contribuyentes de la ciudad. Se procedió a la votación secreta quedando establecida la elección siguiente: don José Mendoza y don José María de Llanos recibieron 21 votos cada uno; don Ramón Narváez logró 16; don Miguel Crooke, 25, y don José Mendoza, 24.
La Excma. Diputación de Málaga nació de forma oficial el día 20 de enero de 1836. Así quedó documentado en el boletín oficial de la provincia en su número 19.
LA TRANSFERENCIA DE LAS INSTITUCIONES BENÉFICAS A LAS DIPUTACIONES PROVINCIALES
Los poderes públicos del estado liberal nacido de las Cortes de Cádiz en 1812 asumieron las funciones benéfico-asistenciales, ejercidas en el antiguo régimen por las hermandades, cofradías y fundaciones de carácter eclesiástico o privado. La idea era transformar el pasado concepto de caridad tratado hasta ahora por el más novedoso de beneficencia. En el transcurso del siglo XIX, la desamortización de dichas instituciones benéficas tuvo como consecuencia la transferencia de sus competencias de gobierno y administración a las diputaciones provinciales, así como la ubicación de sus fondos documentales.
Según instrucción de 25 de agosto de 1817 de la Junta Suprema de Sanidad, se crearon las Juntas Superiores de las Provincias para coordinar medidas de prevención y lucha contra epidemias y enfermedades infecto-contagiosas. De igual modo se crearon las Juntas Superiores de Caridad en las capitales de cada provincia -según Real Orden de 16 de julio de 1833- con la finalidad de recoger fondos para el socorro de mendigos, y proporcionar medicinas y asistencia sanitaria.
Mediante el Real Decreto de 8 de septiembre de 1836, la mayoría de las instituciones de beneficencia perdieron su identidad de fundación particular o eclesiástica. A partir de este momento pasaron a ser competencia de las Juntas Municipales de Beneficencia.
Años después mediante la Ley General de Beneficencia de 1849, se crearon las Juntas Provinciales de Beneficencia, presidida por los Gobernadores Civiles, y con competencias en la gestión de casas de socorro, maternidades, hospitales de convalecientes, dementes y ayuda domiciliaria.
Las Juntas Provinciales de Beneficencia desaparecen en 1868. Sus competencias pasaron a las diputaciones provinciales, que se comprometieron a asumir entre sus presupuestos los gastos de estos establecimientos y el control de los servicios prestados.
La Ley Provincial de 1870 regulaba la implantación y conservación de estos edificios como establecimientos de beneficencia, así como sus competencias, que quedaban en manos exclusivas de las diputaciones provinciales.
Las Juntas Provinciales se volvieron a crear en 1873 y se mantuvieron hasta 1968, cuando quedaron suprimidas de manera definitiva con la creación de las nuevas Juntas Provinciales de Asistencia Social.
El establecimiento del Hospital Provincial de la Caridad, llamado Hospital San Juan de Dios después de ser administrado por los Hermanos de San Juan de Dios, pasó a depender al municipio e, inmediatamente, a la Junta Provincial de Beneficencia. La Junta Provincial de Beneficencia transfirió el edificio del Hospital San Juan de Dios de los alrededores de la catedral a la Excma. Diputación Provincial de Málaga, el 29 de diciembre de 1867 y ante el notario Ruiz de la Herrán, como se explicará más adelante. El hospital pasó a llamarse Hospital Civil Provincial San Juan de Dios.
DE LA ASISTENCIA EN EL RÉGIMEN CIVIL
Aunque la estructura del edificio no acompañaba a la demanda asistencial del momento, las 60 camas con que contaba el hospital en 1834 pasaron a ser 160 alrededor de 1854, eso sí, entre angostos pasillos, bajos techos y penosas escaleras, que hacían difícil la buena práctica médica.
En 1859 el recinto contaba con diez salas de enfermerías: las de San Rafael, San Vicente Ferrer y San Luis, dedicadas a medicina, de techos bajos y sucias, y con invitados como chinches y otras clases de insectos; una destinada a enfermos de pago, la de San Juan de Dios, que contaba con ocho camas; la enfermería para heridos, dotada de doce camas; la sala de San Roque, de poca ventilación; las salas de San Bartolomé, Nuestra Sra. del Carmen y Nuestra Sra. de los Dolores, que ocupaban el antiguo corral de comedias, tenían difícil acceso y también estaban poco ventiladas, y, por último, la sala de Santa Pelagia, que carecía de firmeza tras varios intentos de remodelación.
Para la ventilación de algunas de las salas del hospital era necesario permanecer con las ventanas abiertas a cualquier hora y en cualquier estación del año, es decir, siempre. Los retretes, que despedían fuertes hedores, sólo eran parcialmente higienizados con cubos de agua cargados por los brazos del personal de asistencia. No se contaba con instrumental quirúrgico, ni con salas de baños.
No había lugar para los enfermos convalecientes, que tenían que desplazarse a otro establecimiento sanitario.
A pesar de que, en cuanto a arquitectura se refiere, el inmueble no contaba con los mínimos recursos sanitarios, se advirtió una disminución de la mortalidad entre el principio y el final del siglo XIX, achacable a las medidas tomadas referente al método de limpieza, al orden de su personal y, sobre todo, a los insignes doctores Martínez Montes, Casado y Sánchez de Castilla, Martino y Souviron, entre otros.
Sin embargo, por más intentos de mejoras y obras de adecuación que se acometieron, cada vez era más necesario un hospital de nueva planta.
LA PLANTILLA HOSPITALARIA Y RÉGIMEN DE FUNCIONAMIENTO
Dependiente ya de la Junta Provincial de Beneficencia, el hospital contaba con un médico, un cirujano, un practicante mayor y tres segundos. Al médico responsable de una determinada sala se le denominaba profesor. No estaba contemplada la figura de un facultativo de guardia y era el practicante mayor, que residía en el hospital, el encargado de avisar al profesor correspondiente ante el ingreso de un enfermo o herido, cuando éste no podía solucionar la urgencia presentada. Cada practicante debía disponer en el mejor estado: tres lancetas para sangrar, unas pinzas para curar, unas tijeras, una espátula y un porta lechinos. Los lechinos eran hilos gruesos enrollados a modo de cordón que se utilizaban en las curas.
Cada enfermero ganaba cinco reales de sueldo y las mujeres, obviamente discriminadas por razón de sexo, ingresaban tres reales, con la misma titulación. Por lo menos, la comida estaba también cubierta en igualdad de condiciones para ambos géneros.
Seguía existiendo la figura del visitador, representada por un médico perteneciente a la Junta Provincial de Beneficencia. Además, referente al personal no sanitario, estaba el administrador, que vivía en el edificio.
La visita a los enfermos se realizaba diariamente antes de las diez de la mañana, y en caso de ser necesario se realizaba una visita por la tarde.
En 1850 el cuadro asistencial estaba compuesto por un profesor de medicina, el licenciado don Juan Martino; un profesor de cirugía, don Pedro Gómez Sancho; el practicante mayor, don Ildefonso Bonet; el administrador don Juan Steólogo, y por último, su visitador, el médico don Vicente Sancho Gómez. En este mismo año falleció el profesor de cirugía, don Pedro Gómez Sancho, y el servicio quedó a cargo de don Manuel Casado y Sánchez de Castilla, médico que no sólo ejerció una gran labor como cirujano, sino que también luchó hasta ver el hospital enclavado en su actual ubicación.
En 1852 se amplió la plantilla con la llegada de un segundo cirujano, don Rafael Souviron, y las siguientes incorporaciones que asistían a las salas de medicina: don Carlos Dávila, don José Oppelt, don Antonio Alonso y Navas, don Sebastián Pérez Souviron, don Francisco Martos y don Juan Rosado.
En 1864 la Junta Provincial de Beneficencia estableció un reglamento de régimen interior en el que se determinaba el funcionamiento del hospital tanto en el ámbito médico como en aspectos relacionados con la cocina, lencería, administración y asistencia espiritual. Quedaba igualmente establecido el régimen de visitas y la posibilidad del ingreso de enfermos sin recursos y de pago. Como curiosidad, según dicho reglamento los enfermos tenían prohibido practicar cualquier tipo de juego en el hospital:
(...) además de ser ésta distracción contraria a la buena moral, evita el descanso y sosiego (...) consintiéndoles únicamente una moderada y social conversación en las horas que no sean de silencio” (Art.7 R.R.I, 1864).
INFLUENCIA DE LA INDUSTRALIZACIÓN Y BURGUESÍADEL XIX EN EL HOSPITAL
A principios del siglo XIX apareció un grupo migratorio norte-sur que consiguió que Málaga se proclamara como la segunda provincia industrial de España después de Barcelona.
Manuel Agustín Heredia Martínez llegó a Málaga procedente de La Rioja, concretamente de su ciudad natal, Rabanera de Cameros. Junto a otros emprendedores formaron dos sociedades denominadas El Ángel y La Concepción con el fin de fundir el mineral de hierro de un yacimiento próximo a Marbella.
También de La Rioja, del extremo meridional del curso alto del río Leza, llegó Pablo Larios, quien años más tarde fundó junto a Heredia la Industria Malagueña S.A., destinada a la fabricación de hilados, tejidos de algodón, cáñamo y lino.
Fueron más los comerciantes y hombres de negocios que dieron un auge importantísimo a la provincia de Málaga: Loring, Clemens, Delius, Parladé, Huelin, entre otros. De esta manera se creó a una burguesía de élite con fuertes lazos entre sus miembros debido a los matrimonios que surgieron de su núcleo social.
Las familias Heredia-Grund, Larios-Croke, Huelin-Mandly y Loring-Heredia, entre otras, contribuyeron de lleno a la prosperidad del hospital. De alguna forma resurgió la caridad cristiana de épocas anteriores, por aquel entonces en manos de la burguesía malagueña.
El Sr. Loring enriqueció la lencería de las dependencias y reemplazó la antigua vajilla oscura del hospital por una de pedernal blanco de la fábrica de Sevilla. Asimismo, mejoró la materia prima ofrecida al sustituir la carne de cordero, de mala calidad y poco apetente para los enfermos en aquellos días, por la de vaca. También se debió al Sr. Loring la compra de un sillón mecánico para intervenciones quirúrgicas y de algunas mesitas de noche, así como múltiples donaciones en metálico y la restauración de la imagen de San Rafael.
Las camas, maltrechas y de madera, fueron sustituidas por camas de hierro gracias a la colaboración de don Miguel Téllez. Además, sufragado por el banquero don José de Salamanca en 1851, el hospital adquirió cierta amplitud con la construcción de una nueva escalera. Por su parte, la Junta Provincial de Beneficencia, a instancia del Dr. Casado, compró material quirúrgico a la casa Charriere de París.
A pesar de estas contribuciones y de algunas remodelaciones, como las reformas para instalar salas de baño y la sala nueva para las enfermedades de los ojos, el hospital seguía sin ser el adecuado para una Málaga floreciente y con una gran demanda asistencial que cubrir.
Como curiosidad cabe mencionar que la sabiduría popular bautizó algunos alrededores del hospital con los nombres de “Callejón de los Muertos” y “Plaza del Desengaño”, apodos que no infundían mucha esperanza a los enfermos que se encaminaban al hospital.
Gracias a la continuas llamadas de atención del Dr. Casado en el periódico Correo de Andalucía, fundado por el Sr. Loring en 1852, la opinión pública y las autoridades fueron tomando conciencia de una realidad que se cantaba a gritos: ¡Málaga necesita un hospital de nueva planta!
ALGUNA ESTADÍSTICA Y APARICIÓN DE ENFERMEDADES PROFESIONALES
Mediante la obra: “Topografía Médica de la Ciudad de Málaga”, del Dr. Vicente Martínez Montes, podemos conocer datos estadísticos de gran relevancia que nos sitúan en las patologías del momento, de sus incidencias y fatales desenlaces. Este autor realizó un estudio detallado de datos estadísticos recopilados en la Málaga de la primera mitad del siglo XIX. Médico del hospital militar, comparó las patologías presentadas en la población general con las de las tropas. 
De todo su estudio se sacan conclusiones interesantes como la ausencia de endemias en ese momento, el aumento de la longevidad de la población y una tasa de necrologías menor que en otras provincias. Asimismo, y siguiendo la correlación entre las estaciones y meses del año, y el desarrollo de enfermedades, se observan las siguientes conclusiones: enero era el mes en el que más enfermaba la población civil y diciembre, en el que menos; el otoño era la estación más enfermiza y la primavera, la más sana. Igualmente, cabe destacar el papel de nuestros vientos Terral y Levante en el modo de enfermar malagueño.
El Dr. Vicente Martínez Montes recopiló los datos relativos a las muertes producidas en el Hospital Civil Provincial durante toda una década, referenciadas en el tiempo y en su etiología. En el momento que nos ocupa, la población de Málaga contaba con 80.000 personas.

El resurgir de la industria malagueña con la Ferrería y la Fábrica de Hilados contribuyó al desarrollo de ciertas patologías, conocidas hoy como enfermedades profesionales.
Don Rafael Gorria y don Agustín Jiménez Salas, médicos respectivos de ambas industrias, detectaron enfermedades de tracto respiratorio debidas al cambio de temperaturas producido por intensas sudoraciones, enfermedades que a veces se complicaban por la emanación de pequeñas partículas de polvo. También aparecían eritemas de contacto y oftalmias por las pequeñas motas de algodón emanadas.
La incorporación de la mujer al mundo laboral provocó, según los autores de estos días, periodos de amenorrea, que se debían a las largas caminatas realizadas por mujeres menstruales desde el domicilio a la fábrica en días de lluvia y frío.
También se aplicaron las primeras medidas de protección laboral, como la creación de salas de calor y la pavimentación del suelo con madera para contrarrestar la humedad y el frío.
Lógicamente, las enfermedades de mayor incidencia de la época como la tuberculosis y las afecciones orgánicas de corazón también tuvieron su protagonismo en el mundo laboral. A los enfermos que las padecían se les recomendaba el cese de la actividad laboral y la vuelta a casa.



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