miércoles, 23 de marzo de 2016

Apuntes biográficos sobre el Hospital Civil Provincial San Juan de Dios de Málaga Capitulo XI

CAPÍTULO XI
POR FIN UN NUEVO HOSPITAL

LAS PRIMERAS NEGOCIACIONES DEL FUTURO ENCLAVE
Las declaraciones en la prensa del Dr. Casado, patrocinadas por el Sr. Loring, y la conciencia general de los médicos del hospital, sirvieron para que la Junta Provincial de Beneficencia hiciera suya la propuesta de realización de un hospital de nueva planta alejado del centro de Málaga. Dicho alejamiento no sólo obedecía a condiciones de salubridad, sino también a la futura remodelación urbana del centro de la ciudad, no exenta de fines especulativos.
En el Madrid del año 1852, la corona de Isabel II planteó la edificación de un hospital por suscripción voluntaria. Una vez asentado sobre sus cimientos, éste pasó a llamarse Hospital de la Princesa, que se dio a conocer a la población mediante Real Orden del 11 de febrero de 1852. La idea resultó ser muy sugerente para Málaga y se decidió realizar una obra semejante a la de la capital de España.
Una vez aprobada la idea de este nuevo proyecto, la Junta Provincial de Beneficencia estableció una comisión para su gestión, de la que formaba parte don Jorge Loring, entre otras personas influyentes del momento. Con fecha 1 de julio de 1858, se solicitaron a Madrid los planos del Hospital de la Princesa con la intención de realizar un proyecto similar en nuestra ciudad. Para tal cometido, se nombró como ingeniero a don Luis Gracián, titulado de Caminos, gran amigo del Sr. Loring y entusiasta de la nueva empresa.
Las primeras respuestas fueron poco alentadoras, pues ni llegaron a Málaga los planos del hospital de la Princesa, ni el Sr Gracián pudo ejecutar el proyecto, ya que el Gobierno alegó que los reglamentos así lo impedían por no ser titular municipal y porque los planos del hospital madrileño se habían perdido.
Entonces se encargó el hospital a Sr. Moreno Monroy, arquitecto municipal en cuyas manos cayó el proyecto por su puesto en el ayuntamiento. En 1859, éste emite un primer proyecto a Madrid del que no se conservan documentos y cuya cuantía presupuestaria fue menor que la definitiva, entre otras cosas, debido a sus escasas dimensiones.
Por aquel entonces, el Dr. Casado se encontraba en Madrid colaborando en la redacción de una ley de Sanidad con el entonces Director General de Beneficencia, don Tomas Rodríguez Rubí. Gracias a la influencia de ambos, y mediante Real Orden de 7 de mayo de 1859, se devolvieron los planos al Sr. Moreno Monroy para un nuevo diseño, inspirado en el referido Hospital de la Princesa, que a su vez era copia del de Lariboissiere en París, imitación éste último del Hospital Departamental de Burdeos.
 LOS POSIBLES TERRENOS
El primer objetivo que planteó la comisión fue buscar el sitio adecuado para el hospital. La primera propuesta de ubicación la hizo el presidente de la Junta Provincial, don Juan Gutiérrez Correa, quien sugirió el terreno Haza del Campillo al poniente de la ciudad. Sobre este supuesto, el Sr. Moreno Monroy realizó el primer proyecto, pero independientemente del diseño el lugar no fue aceptado por los miembros de la comisión.
Una segunda opción se barajó ante la compra de una huerta llamada la Natera por parte de don Tomas Heredia Livermore, pero su extensión de 1400 metros cuadrados quedaba muy por debajo de los 30.000 nuevamente proyectados.
Otras alternativas fueron el Cortijo de Gamarra y el de un terreno próximo al ex convento de la Trinidad, perteneciente al Conde de Casapalma. Éste último resultó ser el elegido, pues el conde lo cedió muy por debajo de su valor real, contribuyendo así a la causa.
El 27 de enero de 1862, la comisión anunció a la Junta Provincial de Beneficencia que se habían comprado los terrenos de 45.647 metros cuadrados por un precio de 64.000 reales. También se añadieron 5.605 metros cuadrados pertenecientes a los herederos de don Juan Anaya en condiciones similares de bajo costo.
FINANCIACIÓN
Cerca del gobierno, don Jorge Loring gestionó la primera partida presupuestaria para la compra del terreno. El 28 de febrero de 1859, mediante Real Orden, se autorizó a la Junta Provincial de Beneficencia de Málaga para la inversión de 200.000 reales en la compra del solar.
El 1 de agosto de 1861, la comisión realizó un balance de gastos de la siguiente manera: el importe del presupuesto de la obra era de 5.981.968 reales; para afrontar estos gastos se contaba con el valor del hospital antiguo estimado en 1.618.533 reales, la subvención de la Diputación en siete años de 2.000.000 reales, y una subvención del gobierno de 360.000 reales. Juntos sumaban unos ingresos de 3.978.533 reales. Como puede advertirse, el balance era claramente negativo, concretamente de 2.003.435 reales.
Pero estos números rojos se redujeron bastante. En primer lugar, el terreno no costó los 200.000 reales previstos. El proyecto fue modificado y se redujeron gastos hasta que su importe quedó en 4.324.771 reales. De esta manera, el déficit se redujo a 342.903 reales, cifra fácilmente asequible de la Diputación Provincial, futura dueña de la empresa.
Con fecha 22 de mayo de 1862 se dictó una Real Orden que aprobaba los nuevos planos del hospital y su presupuesto. El 28 de septiembre del mismo año se notificó al gobernador el comienzo del replanteo y adecuación del terreno para el comienzo de la nueva obra, cuyos menesteres preliminares comenzaron al día siguiente de dicha notificación.
SU PROYECTO
Según el proyecto, de los 30.625 m2 disponibles, la construcción abarcaría 7.780m2.La disposición se realizaría en seis pabellones enlazados por una espaciosa galería que daba a un cuerpo central de jardín de 74 metros de largo por 40 de ancho. El edificio tendría una capacidad asistencial para 500 enfermos distribuidos en 18 salas con 28 camas cada una.
Cada sala dispondría de cuarto de baño, consulta, lencería y una zona para la religiosa de servicio. De las 28 camas con que contaba cada sala, 24 estarían en una estancia general, presididas por un altar, y cuatro camas más apartadas en otra zona contigua, para aquellos enfermos que precisaran aislamiento. En la parte posterior, habría una escalera de comunicación con la galería.
Los pabellones, a su vez, estarían separados por pequeños patios o jardines y tendrían sótanos que correrían a lo largo de toda su planta. Los dos cuerpos centrales, anteriores y posteriores, se destinarían al alojamiento de sirvientes y de la Hermanas de la Caridad, a despachos para oficinas, a la capilla y a la cocina. De forma aislada, quedarían el depósito de cadáveres, la sala de autopsias y el lavadero.
Mediante Real Orden de 25 de enero de 1861, le fue sugerido a Moreno Monroy algunas rectificaciones sobre el proyecto. Cuando ya las tenía prácticamente acabadas, éste tuvo que incorporar nuevas observaciones con objeto de reducir el presupuesto, como así se establecía en la Real Orden de 19 de junio de 1861 a instancias de la Real Academia de San Fernando. El 25 de abril de 1862 se presentó la versión definitiva al gobernador civil, don Antonio Guerola. Finalmente, la memoria, los planos, y las condiciones facultativas y económicas del proyecto fueron aprobados por Real Orden de 22 de mayo de 1863.
Entre los cambios efectuados por el arquitecto, figuraba la transformación en azotea de la galería de comunicación de los pabellones en el último piso. Desaparecía la habitación del director facultativo y capellán, dejando tan sólo una para el director económico y el personal de guardia. La zona de consultas y curación pública se instalaría en el piso bajo del pabellón de entrada, con el fin de independizarlas del resto del hospital. Para dicha zona se contemplaría una gran sala de espera, dos consultas de medicina y cirugía, y una zona administrativa de comunicación con el médico de guardia, los practicantes y el interior del hospital.
En cuanto a la calidad de los materiales, predominarían la fábrica de ladrillo y mampostería, así como la madera para las armaduras de par y nudillo de los pabellones y la capilla. Las solerías serían de mazaríes, y las del sótano y atrio de losas de Algeciras. En el interior de la capilla lucirían losas de mármol de Coin.


LA PRIMERA PIEDRA
La visita de Isabel II a Málaga en 1862 contemplaba, entre otros actos, la colocación de la primera piedra del hospital el 18 de octubre.
Ante la noticia de la visita de su reina, Málaga creó una comisión de festejos para los preparativos de su llegada y estancia, donde participaron tanto el Ayuntamiento como la Diputación Provincial. Nuestra ciudad, siempre abierta y generosa, tuvo que reunir fondos para esta gran celebración: algunos adinerados malagueños vaciaron sus bolsillos, la Diputación colaboró con un millón de reales, y también se solicitó un préstamo de otro millón al Banco de Málaga, con el fin de reponerlo en un periodo de cinco años. En cuanto al hospital se refiere, los gastos de preparación para la visita real fueron de 25.663 reales.
Málaga se engalanó de arcos triunfales al paso de la reina: colgaduras, gallardetes, emblemas, banderolas y tiendas de campaña para el descanso vistieron de fiesta a la ciudad.
En el solar donde iba a ir el hospital se levantó una tienda de campaña engalanada con adornos parecidos a los empleados en otros eventos previstos en el viaje de la reina. La expresión barroca dominaba la escena.
Llegado el día, se encontraban en el acto, la Excma. Diputación Provincial y la Junta de Beneficencia, presidida por el gobernador civil de la Provincia, don Antonio Guerola; el obispo don Juan Nepomuceno Cascallana; el gobernador militar brigadier Bessieres, y el alcalde don Miguel Moreno Mazón. No podía faltar en representación de la comisión del hospital don Jorge Loring, marqués de la Casa Loring. A la reina le acompañaba su hijo, el príncipe de Asturias don Alfonso, los ministros de la corona y otros altos dignatarios del estado.
En bandeja de plata se le presentó a la reina una caja de cristal, que a su vez contenía otra de plomo en cuyo interior se encontraba un ejemplar de la Guía de Forasteros, otro de la Constitución de la Monarquía, el Real Decreto que concedía la obra, así como monedas de oro, plata y cobre, y el boletín y los periódicos oficiales del día.
El Sr. Duque de Tetuán ofreció a la reina un palustre de plata y el Sr. Guerola, una artesa del mismo metal donde había un poco de mezcla. Con gracia y desparpajo, la reina colocó la piedra de tal manera que no le importó llenarse las manos de mezcla. El vocal de la Junta don Juan Barrionuevo le ofreció una palangana de plata y una toalla para que se limpiara.
Una vez concluido el acto, el gobernador civil de la provincia se dirigió a su majestad, y entre otras palabras dijo: “La Reina Isabel I fundó el actual hospital de esta provincia, hoy próximo a su ruina. La Reina Isabel II acaba de poner la primera piedra en el nuevo hospital que hoy empieza a construirse. (...) Hoy se repite aquí la escena del 16 de enero de 1853, ocurrida en Madrid con motivo de la inauguración del Hospital de la Princesa. Como recuerdo de este acto daremos al edificio el nombre de Hospital de la Reina (...)”.
El pueblo aglomerado en los alrededores de la tienda de campaña secundó la voz de los allí presentes con un “VIVA LA REINA”.
Pretendían que el hospital de Málaga fuera réplica del de la Princesa y que llevara el nombre de “Hospital de la Reina”, pero esto último nunca llegó a consolidarse.
La ubicación definitiva de esta primera piedra se realizó más adelante, en la semana comprendida entre el 10 y el 18 de mayo de 1864, cuando la obra así lo permitió.
ENTRE LADRILLOS
El desarrollo y control del proyecto no fue realizado por el arquitecto provincial Moreno Monroy, que tanto empeño puso en su diseño. El motivo fue la permuta de su puesto de trabajo en Málaga por el mismo en la provincia de Albacete, desempeñado hasta el momento por el arquitecto don Juan Nepomuceno Ávila, que a su vez se afinco en Málaga y entre otras cosas se hizo cargo del proyecto del hospital. El nuevo arquitecto fue fiel al proyecto de Monroy y lo defendió ante las amenazas de recortes por parte de la diputación. Él se hizo cargo de toda la obra hasta su consecución.
Una vez aprobado el último proyecto, el 14 de julio de 1863 se acordó en sesión anunciar la subasta del futuro edificio para el día 1 de septiembre a las doce de la mañana. Quedó adjudicado a don Manuel de la Paliza y Guerra, por cesión de su representante don Wenceslao Enríquez. Paliza y Guerra era un afamado contratista del momento que intervino en varias obras públicas de la ciudad.
La obra debía estar concluida en cinco años y se contaba con un presupuesto de 4.324.600 reales. Su dirección estaría a cargo del arquitecto don José Trigueros, contratado por el Sr. Paliza. A su vez, éste sería supervisado por el arquitecto provincial, don Juan Nepomuceno Ávila. Las obras empezaron con gran rapidez e ilusión en 1864.
La supervisión del arquitecto provincial creó roces y tiranteces con el contratista que hicieron que éste último suspendiera las obras en mayo de 1865. Las obras estuvieron paralizadas durante mayo y parte de junio, coincidiendo además con lluvias y falta de materiales.
Existían partidas no contempladas en el presupuesto de Moreno Monroy, como el de la bajada de aguas claras y sucias, y la ventilación de las salas de los enfermos, cuyo coste total ascendía a 290,521.02 reales. En septiembre de 1865, Juan Nepomuceno Ávila manifestó la necesidad de recabar fondos para la continuidad de las obras. La por entonces deficitaria Junta Provincial de Beneficencia quiso solucionar el tema reduciendo el edificio planteado en el proyecto de Moreno Monroy. El Sr. Ávila se opuso por completo a semejante idea y, tras razonamientos cargados de convicción, hizo desistir a la Junta Provincial de Beneficencia de tal decisión. Sin embargo, el déficit continuaba y las obras se paralizaron de nuevo a finales de 1866 durante todo un año.
EL ANTIGUO HOSPITAL EN VENTA
Una de las fuentes de financiación con que se contaba para la consecución de las obras era la venta del antiguo hospital. Las subastas a tal efecto se celebraron los días 10 de enero y 15 de febrero de 1866. Ambas quedaron desiertas. Para evitar los graves problemas que ocasionaría la paralización de las obras, la Junta Provincial de Beneficencia propuso a la Diputación que las concluyera por su cuenta. Ésta última recibiría a cambio el edificio y los terrenos colindantes del viejo hospital para que gestionara su venta. Tras aceptar este ofrecimiento, el edificio de San Juan de Dios, cercano a la catedral, fue trasferido a la Diputación el 29 de diciembre de 1867 ante el notario Ruiz de la Herrán.
 Una vez que la Diputación se hizo cargo de la continuidad de las obras, se estableció una nueva junta presidida por el Dr. Casado y Sánchez de Castilla, que junto con sus demás miembros prepararon los planos para una nueva subasta prevista para abril de 1875.
Pero no era el momento idóneo para la venta del viejo edificio: la remodelación del casco urbano y la construcción de una futura calle, la de Molina Lario, darían más valor a los terrenos y su venta sería más productiva. Era pues recomendable un tiempo de espera hasta que se diera esta nueva coyuntura.
No obstante, el nuevo hospital necesitaba fondos para su total edificación. Una vez más, la aristocracia malagueña intervino solucionando el problema. No sé si por puro altruismo o por algún interés especulativo, los Sres. Larios y Heredia adelantaron dinero a cuenta sobre la futura venta del hospital y para que continuaran las obras del nuevo.
A LA ESPERA
Mientras llegaba el buen momento para la venta de los solares del antiguo hospital, la Diputación, ya dueña del edificio, gestionó parte de la parcela de acuerdo con las alineaciones del Ayuntamiento, y también con el alquiler de algunas de las casas colindantes, esto último con el fin de poder sufragar los gastos de los enfermos que estaban todavía en sus enfermerías.
Todos estos acontecimientos no fueron fáciles para la Diputación, que prácticamente tuvo problemas con todas las partes implicadas: los vecinos, el Ayuntamiento y los enfermos del hospital.
En el Boletín Oficial de la Provincia de 1876, se publicaron las condiciones facultativas y económicas de la subasta de los solares del ex convento de San Juan de Dios. En la zona se edificarían viviendas destinadas a la clase alta malagueña. Su venta fue lo suficientemente ventajosa como para devolver a los Sres. Heredia y Larios lo que habían adelantado.
En parte de estos solares se conservaron algunos restos del hospital, parcialmente destruidos por los bombardeos de la Guerra Civil. Acabada ésta, fueron totalmente demolidos y su superficie se destinó a ensanchar parte de la vía pública. Aunque este hospital nunca fue un ejemplo artístico, sí cabe destacar el techo mudéjar de su iglesia que, con su demolición, se trasladó al Museo Provincial.

Fuente:Patio del Hospital.Pintor malagueño. Sr. Narbona
LA OBRA DEL NUEVO HOSPITAL
Después de que la Diputación Provincial asumiera las obras del hospital, la nueva comisión trató de solucionar los problemas existentes, tras la paralización de dichas obras en 1866. Parece ser que, como ya se ha comentado anteriormente, existían diferencias entre el contratista y el arquitecto provincial sobre partidas no presupuestadas inicialmente o sobre aquellas que, si bien estaban presupuestadas, habían elevado sus costes.
La comisión decidió que se suprimiera una cláusula según la cual el contratista quedaría multado por retrasos en la obra, y también decidió no seguir contando con la figura del arquitecto director facultativo. De este modo y a partir de este momento, las obras sólo estarían bajo la supervisión del arquitecto provincial.
Para la solución del conflicto, Juan Nepomuceno Ávila presentó un nuevo presupuesto cuyo valor ascendía a 129.750.250 escudos, donde se incluían los deterioros por la paralización de las obras, las partidas no presupuestadas en el proyecto inicial y las presupuestadas con aumento de costos. En total, el presupuesto inicial de 4.324.600 reales pasó a uno de 5.912.795 reales. Los trabajos se reanudaron en julio de 1867 y en agosto del siguiente año se colocaron las pilas en el lavadero, los depósitos de agua y las cañerías.
El cambio político acontecido con la Revolución de Septiembre de 1868 ralentizó de nuevo las obras que, además, quedaron traspasadas de Manuel de la Paliza al constructor don Álvaro Gámez.
Ante esta situación, el arquitecto municipal informó a la Diputación del deterioro que sufría el edificio por la paralización de las obras. Sus palabras no fueron escuchadas. Sin embargo, siguió insistiendo y, con gran optimismo, volvió a informar a la Diputación de que terminar alguno de los pabellones era posible con tan sólo un poco más de dinero. De esta manera, se trasladarían los enfermos del otro hospital, que cada día sufrían una situación más precaria.
Con esta intención y con un coste aproximado de 29.000 duros se reanudaron otra vez las obras en la primavera de 1871. El 17 de marzo del año siguiente 230 enfermos fueron trasladados en unas condiciones poco seguras, pues las obras no estaban del todo conclusas.
Para agilizar la terminación de la construcción, Ávila propuso a la Diputación subdividir las contratas por lotes independientes. Se estableció este procedimiento en 1876 para la terminación del segundo pabellón de la izquierda, y en 1878 para terminar los tres pabellones de la derecha. El lote correspondiente a la capilla se redactó en los pliegos de Ávila en 1880.
Por su importancia y grandiosidad, la obra fue incluyendo poco a poco nuevos lotes y mejoras, entre las que destacaron, por ejemplo, la instalación del fluido eléctrico el 14 de septiembre de 1898.
Durante muchos años se siguió con la construcción del Hospital Civil Provincial. Me atrevería a decir que, incluso hoy en día, sigue incorporando nuevas construcciones, mejoras y, a veces, algunos cambios de desacertada eficacia.
SU FACHADA
 La fachada principal del hospital correspondía al pabellón de entrada y administración. Estaba formada por dos cuerpos separados por una imposta de ladrillo. Los bajos, por un conjunto de ventanas que se correspondían con los balcones del segundo cuerpo. Ambos estaban adornados por unas grecas curvadas en su dintel. El cuerpo central, ligeramente avanzado, comprendía la puerta principal con una ventana a cada lado en la planta baja. De igual modo sobresalía el primer piso con tres de sus balcones. Rematando el conjunto hacia arriba, se encontraba un cuerpo triangular, que más adelante fue sustituido por un cuerpo de reloj según el proyecto del arquitecto municipal J. Jáuregui Briales en 1934. Por encima sólo quedaban dos campanas ubicadas en un conjunto cuadrangular y separadas mediante un pequeño tabique.
Al evocar hoy la imagen de la fachada del hospital, lo primero que nuestra memoria visual y auditiva rescatan es su reloj, un reloj de números grandes al alcance de las vistas más desgastadas por los años, que disponía de carillón de cuartos y horas, y que emitía un sonido contundente, pero agradable y sencillo al mismo tiempo.
Resulta que este reloj, comprado a finales del siglo XIX, en principio no tenía el destino que hoy luce. Fue un regalo para la superiora de la comunidad de las Hermanas de la Caridad, sor Josefa, con motivo de la festividad de San José. Su destino, pues, era la capilla del hospital. Con este fin, los empleados del hospital realizaron una recaudación voluntaria de fondos de cinco pesetas por persona (téngase en cuenta que entones el sueldo medio de los obreros era de 30 pesetas al mes y que el reloj costó 1.500 pesetas). Entonces, el presidente de la Diputación, Sr. Mapelli, decidió su colocación en la fachada del hospital.
El reloj fue comprado en la casa M. Narváez Barbieri, fundada en 1888 en el número 3 de la calle malagueña Juan Gómez García, e instalado por un relojero alemán afincado en nuestra capital. Estuvo marcando el tiempo del hospital hasta que aproximadamente en los años sesenta dejó de hacerlo. El paso de los años, la humedad malagueña y el polvo acumulado lo enmudecieron y lo estancaron en el tiempo.
En 1979 la Diputación Provincial contactó con uno de los mejores relojeros del momento, don José Heredia Cortes, que delegó esta responsabilidad en su hijo, el joven relojero Juan Bautista Heredia Cuevas, especialista en relojería gruesa, relojes de pared, carillones y relojes grandes de edificios públicos. Sorprendentemente, al abrir su caja se encontraron palomas muertas, cristales rotos, y los dientes de la cuerda desdibujados por el polvo y la grasa que los cubrían. Mediante un exhaustivo mantenimiento y puesta a punto, el reloj del Hospital Civil siguió su andadura. Para ello se desmontó toda su maquinaria y en un caldero con sosa cáustica se eliminaron todos los elementos que impedían su funcionamiento. En aquel momento, la reparación costó unas cuarenta mil pesetas.
En conversación con el Sr. Heredia, se percibe a un profesional que habla del reloj con gran devoción, a alguien que lo conoce en cada uno de sus escondrijos y lo cuida como a un niño pequeño. Según el Sr. Heredia, desde aquella puesta a punto:"el reloj apenas ha tenido ninguna avería. Tan sólo una vez se rompió la cuerda y hace más o menos un año, en 2006, se llenó de polvo con la remodelación de la puerta”.
El Sr. Bautista Heredia ha calculado su tiempo de cuerda a la perfección y sabe que cada lunes tiene una cita con el reloj del hospital a las doce del medio día, excepto el lunes santo, día en que los devotos del Cautivo le impiden su acceso. Alguna vez que otra, cuando le toca engrasar sus mazas, ha sido advertido por el personal de seguridad del hospital, que pensaban que se trataba de algún enfermo desesperado con intentos suicidas. Nada más lejos de la realidad: tan sólo el cuidado amoroso del relojero por su máquina.
El acceso al patio interior era a través de una preciosa reja de hierro forjado, colocada en 1875. A través de su entramado dibujo se vislumbraba la capilla al fondo. En su interior y a mano derecha había una campana, el sistema de megafonía del momento. En la sesión de 12 de noviembre de 1881, con don Antonio Guerra como presidente y don Santiago Alonso como secretario de la Excma. Diputación, se establecieron los toques correspondientes a cada llamada. Así, la entrada del director era anunciada con seis campanadas; la entrada de un herido, con 1 repique y tres campanadas, y la llamada del médico para que se personara en urgencias constaba de 3 campanadas, dos si se requería a un practicante, y una campanada y un repique si se necesitaba la presencia de un camillero.
Hasta 1976 se siguió utilizando la campana para avisar a los visitantes de los enfermos de que la hora de visita había concluido. Con cinco campanadas y un repique se alertaba para que desalojaran el recinto.
LA AYUDA DE LA BURGUESÍA MALAGUEÑA
Como se ha dejado entrever, la construcción del hospital estuvo acompañada de penurias económicas. La Corporación Provincial se vio disminuida hasta en una tercera parte en sus recursos por las injerencias políticas, acompañadas de otros acontecimientos en la provincia de Málaga como los terremotos, la epidemia de cólera y la caída de la industria vinícola.
Gracias a la colaboración de la burguesía malagueña, la empresa del hospital pudo seguir su camino. En 1875, el segundo Marqués de Larios, don Manuel Domingo Larios, trajo de París una cocina económica de hierro y todo el material para la instalación de los lavaderos. De forma desinteresada la cocina fue instalada por los operarios de su fábrica y estuvo funcionando hasta 1969. Igualmente, la baranda de las galerías fue financiada por don Carlos Larios, Marqués de Guadiaro, como consecuencia de la caída de una Hermana de la Caridad de la galería al patio. La testamentaria de don Ricardo Larios costeó la terminación de un pabellón y habilitó con todo lujo una sala de pediatría.
Con un importe de 157.148 reales, la Sociedad Círculo Mercantil de Málaga costeó otro pabellón cuyas salas, las de Ntra. Sra. del Carmen y la de Ntra. Sra. de la Concepción, fueron perfectamente equipadas. Como novedad del momento, disponían de cuartos de baño y retretes inodoros. El último pabellón sin concluir fue sufragado por el entonces gobernador de la provincia, don Antonio Cánovas y Vallejo. No se puede dejar de nombrar a doña María Fontagud de Crooke, por su valiosa contribución en las mejoras introducidas en el hospital.
En 1907 fue importante la contribución de esta burguesía en la adecuación de materiales e instalaciones, entre las que cabe destacar: la consecución de la Sala de la Piedad por parte de la Sra. Iturbe, más adelante princesa de Hohenzollerb; la mejora de la consulta pública a cargo del conde de Miere; la apertura de la biblioteca por la Sra. Alexandres, viuda de Rubio Argüelles; la instalación de Rayos X, con el legado del Sr. Guerrero Rosales; el radio para los enfermos de cáncer, por parte de la casa Larios, y por último, la sala de hidroterapia para dementes y lavabos para niños, costeados por el Sr. Van Dulken.
Pasados los años aparecieron nuevos donantes. El día 8 de octubre de 1912, don Joaquín Wunderlich y Cedrá cedió una importante colección de cuadros y enseres de maderas nobles. Además, bajo el patrocinio de la Cámara de Comercio, se hizo posible la inauguración de un pabellón de infecciosos el 20 de agosto de 1910. Parte de esta subvención procedía de los donativos realizados tras la espantosa inundación que padeció Málaga en 1907. Por último, el Ayuntamiento sufragó los gastos para el pabellón de infecciosos correspondientes a mujeres.
Son tres edificios, la capilla, la leprosería y el manicomio, los que deben su existencia a estas clases privilegiadas y los que merecen un apartado independiente.
LA CAPILLA
Cuando en marzo de 1872 los primeros enfermos se trasladaron del edificio antiguo al nuevo, éste último no tenía todavía habilitado el espacio para los remedios del alma.
El capellán del establecimiento don José del Río y Sierra, y la superiora de la comunidad, Sor María Fonteilles Chamut, empezaron a recopilar utensilios para poder celebrar el culto religioso. El 21 de noviembre de 1872 la capilla quedó abierta al público.
Doña Trinidad Grund, viuda de Heredia, y doña Julia Grund, viuda de Larios, hicieron posible la inauguración oficial de la capilla el día 3 de mayo de 1876, gracias a los donativos que destinaron a sufragar su construcción.
Situada en la parte posterior del patio, tenía dos puertas de acceso, una a la que se llegaba desde el propio patio mediante una escalinata, y otra por la parte posterior a la que se accedía a través de la galería del piso bajo y principal, por donde estaba adosada.
Su fachada tenía una puerta de acceso y una ventana tipo ojo de buey, adornada con una vidriera en rosetón, seguida en línea ascendente por una sobria campana, que pendía de un arco de medio punto y daba al conjunto identidad propia de edificio religioso.
De igual forma, las fachadas laterales disponían cada una de cuatro ventanas redondas, del mismo tipo de ojo de buey, que conducían la luz desde el espacio exterior. Una sencilla pero majestuosa greca separaba en su perímetro el cuerpo bajo y alto de la capilla.
En su interior y al fondo se encontraba el retablo, presidido por una hermosa imagen de la Virgen Milagrosa. Jalonando a dicho retablo, señoriales y sencillas pilastras sostenían a su vez el arco que soportaba el peso de la bóveda. A ambos lados de la nave central se encontraban cuatro columnas de hierro fundido que daban soporte a las tribunas y al coro, con la escalerilla a sus pies.
Además, la capilla disponía de otros altares laterales secundarios, con sus correspondientes retablos y algunas imágenes procedentes del viejo hospital, como la ya comentada correspondiente a San Juan de Dios, atribuible a Mena o a Zayas.
En sesión de 3 de mayo de 1876, la Diputación Provincial de Málaga acordó agradecer a las viudas de Larios y Heredia su valiosa contribución mediante una lápida conmemorativa. Tal decisión se publicó en el boletín oficial de la provincia del 3 de junio del mismo año. La lápida se colocó en el pilar izquierdo de la capilla.
  El 21 de marzo de 1878, Ávila preparó los pliegos de condiciones y presupuestos para la terminación del exterior de la capilla, con un importe de 7.373,50 pesetas y que comprendía, entre otros, la puerta exterior, las bajadas de agua mediante cañerías de zinc y hierro fundido, así como la reparación del zócalo, la greca y el blanqueo exterior.
Según se puede desprender del reglamento de régimen interior de 1899, el hospital contaba con dos capellanes para la atención espiritual de los pacientes. De esta manera, uno de ellos siempre permanecía de guardia para atender cualquier necesidad interior. El capellán era el responsable de la celebración diaria de la santa misa y procuraba la compatibilidad horaria con los quehaceres de las Hermanas de la Caridad. Los capellanes eran también los intermediarios ante el director del centro de cualquier petición de testamento, reconocimiento de hijos o matrimonio.
Los domingos eran los dos capellanes quienes celebraban misa en la capilla del hospital, donde concurrían los pacientes convalecientes. De igual forma, si surgía la necesidad, la misa se celebraba en la propia sala, ya que todas contaban con un altar central situado en relación a las camas de los enfermos.
En sus funciones estaban ayudados por la figura de un sacristán, que además de colaborar en la limpieza de la iglesia también participaba en los actos religiosos, como la Eucaristía, el Santo Viatico y la Extremaunción.
El estado esplendoroso que ofrecía la capilla en 1901 era el resultado del esfuerzo realizado por la superiora de las Hermanas de la Caridad, sor Eugenia Reverd y Chabin, cuyo propio capital y tremendo empeño hicieron posibles notables mejoras como la solería de mármol y el enverjado de hierro.
Pasados los años, Roma le concedió la autorización para su utilización como capilla funeraria con la intención de dar sepultura a los restos del Dr. Don José Gálvez Ginachero, pero la familia del finado no lo aceptó.
Todo este esfuerzo humano, religioso y arquitectónico no sirvió para nada: con gran frustración para los que lo presenciamos, la capilla del Hospital Civil fue demolida en su totalidad en 1976 ante fines más funcionales y, por supuesto, carentes de espíritu artístico, histórico y espiritual.
Hoy, en la segunda planta del ala izquierda, cerca del área de dirección, hay un pequeño espacio al que le llaman capilla. La sensación de agobio que produce tan reducida estancia invita a rezar no más que un Padrenuestro




MANICOMIO
En el año 1885 los enfermos mentales se encontraban albergados en el Asilo de los Ángeles. Ante una nueva amenaza de cólera, decidieron establecer un lazareto en dicho asilo y trasladar a los dementes al Hospital Civil. Éstos fueron alojados en la enfermería denominada de San Antonio, pero la convivencia con el resto de los enfermos no era fácil. Entre otras cosas, el número de trasladados fue de 300, que junto a los ya hospitalizados de otras enfermerías ascendían al máximo establecido para el hospital: unas 500 camas. Se establecieron tabiques de separación, pero el resultado fue poco eficaz.
Don Sebastián Pérez Souviron, director del hospital, utilizó la buena amistad que le unía a la casa Larios y solicitó fondos para la edificación de un nuevo pabellón, independiente del hospital pero construido dentro de su recinto. Una vez más, la burguesía malagueña ayudó en este sentido. Los señores don Enrique Crooke y Larios y don José Aurelio Larios, quisieron de este modo perpetuar la memoria de su tío don Carlos Larios Martínez Marqués de Guadiaro.
El edificio fue encargado al arquitecto Eduardo Strachan y tenía una superficie construida de 4.170 metros cuadrados en una sola planta sobre un sótano. El diseño arquitectónico estaba basado en la funcionalidad y finalidad psiquiátrica a la que estaba destinado el edificio, prevaleciendo así los criterios médicos en el contenido del proyecto.
La entrada al edificio se hacía a través de un camino que venía desde la entrada principal del hospital. Presentaba un cuerpo central donde estaba instalada la dirección médica y la portería, que a través de un gran vestíbulo se comunicaba a ambos lados con los departamentos correspondientes para hombres y mujeres. Cada departamento estaba a su vez subdividido en espacios independientes para convalecientes, sucios, agitados y estancias individuales para furiosos. Cada pabellón comprendía un amplio dormitorio, ropero, vigilancia, sala de ocio, cuarto de baño, retrete y patio. En la parte posterior del edificio, a unos cincuenta metros, se contaba con una zona de sol y recreo para los pacientes.
La entrega del edificio se produjo el último día del año 1898, pero el traslado de los enfermos y la inauguración oficial no se produjo hasta el 20 de marzo del año siguiente. La casa Larios completó el ajuar del manicomio con doscientas camas y toda la ropa necesaria para las mismas.
Los pacientes estaban divididos en dos secciones, mujeres y hombres. Las primeras tenían designadas un profesor de sala, mientras que a los hombres les atendían dos profesores que procedían de la sección de medicina del hospital y contaban con experiencia en prácticas psiquiátricas. Éstos estaban ayudados por practicantes y enfermeros igualmente especializados.
El manicomio gozaba de una amplia zona verde a su alrededor debidamente cercada y en la que se encontraba una bonita huerta. En su entrada se colocó una preciosa fuente de mármol blanca procedente del Convento de Santo Domingo.
En el edificio primitivo, que se bautizó con el nombre de San Carlos, quedó constancia la donación realizada por la casa Larios mediante una lápida conmemorativa que colocó la Excma. Diputación Provincial.
Como el resto del hospital, este departamento sufrió modificaciones y la edificación de anexos en los años siguientes. Así, en 1918, se construyeron ocho celdas de aislamiento, y en los años 1924, 1930 y 1933 se realizaron remodelaciones y ampliaciones sobre el edificio original. La remodelación de 1933 supuso la edificación de un pabellón independiente que se denominó “Sala 27”, inaugurada el 20 de diciembre.
LEPROSERÍA
Existía una segunda necesidad en el hospital, los enfermos de lepra, y don Sebastián Pérez Souviron fue consciente de ella. Era urgente buscar un espacio aireado para los enfermos, tan temidos y recluidos socialmente en aquel momento, por un falso temor al contagio.
No tardó el director del hospital en establecer conversaciones con don Francisco Galwey, letrado de gran influencia en la Testamentaría de don Aniceto Borrego Bracho, quien contaba con una jugosa suma para fines de caridad. Ambos mecenas, financiados por la generosidad del fallecido, contrataron al Sr. Hidalgo la obra presupuestada en 37.400 pesetas sobre unos terrenos cedidos igualmente por la casa Larios.
El 15 de julio de 1899 fue colocada la primera piedra, en presencia del arquitecto provincial don Manuel Rivera Valentín, don Ricardo Carrera y el Dr. Don Manuel Casado y Sánchez de Castilla. El 8 de marzo de 1900 se inauguró con el nombre de San Aniceto, en memoria del donante y en cuyo nombre se levantó una lápida de mármol conmemorativa.
El edificio estaba formado por un pabellón de planta baja con dos cuerpos y sus correspondientes patios, y tenía una capacidad para 80 enfermos. Años después, en 1918, fue ampliado con unos pabellones complementarios donde se instalaron la cocina y un lavadero.
Los Alrededores
Parte de los terrenos comprados para la construcción del hospital se destinaron a las vías públicas de sus alrededores. La alineación de la zona fue establecida por el arquitecto municipal en marzo de 1864 y aprobada en 1871.
La construcción del hospital imponía un replanteo de los terrenos circundantes, antiguos pasos y veredas que había que remodelar. Entre otros se encontraba el Cuartel de la Trinidad, del que se ocuparon parte de sus terrenos, obras antiguas de su construcción y la remetida de su pared. El cuartel quedó indemnizado por dichas intervenciones.
El hospital dejaba para vía pública espacio suficiente para la demarcación de dos calles: una de 5.730m2 frente al propio hospital y otra más pequeña de 3.232 m2, que daba acceso a las casas y terrenos de la Trinidad.
También era necesaria una buena comunicación desde el centro de la ciudad, razón por la que en 1875 se proyectó una avenida de 25 metros de latitud, llamada Avenida del Hospital Civil.
En los primeros años del siglo XX, la comunicación entre el hospital y el centro de Málaga a través de la citada avenida era un tanto peligrosa. La ausencia de edificios y la presencia de maleantes por la noche ponían en peligro la seguridad de los que la atravesaban. En más de una ocasión, ginecólogos como el Dr. Narbona tuvieron que utilizar su bastón para defenderse en el camino hasta a su llegada al hospital, cuando de forma intempestiva éstos eran requeridos por el ingreso de alguna parturienta. “El Frasquito”, un cochero de los alrededores, ayudaba a los médicos en esta arriesgada aventura con su carromato de caballos.
En 1913, esta avenida fue mejorada con aceras de dos metros de anchura por el Ingeniero de Caminos Luis Arango, tras la terminación del puente de Armiñán. Al final de la avenida y delante del hospital se estableció una glorieta circular con elegante arboleda y otros elementos de jardinería ornamental. Después de la muerte del Dr. Gálvez en 1952, la Avenida del Hospital Civil pasó a llamarse Avda. Dr. Gálvez Ginachero, tras petición de la Diputación y la Junta Directiva del Colegio Oficial de Médicos al Ayuntamiento de Málaga.
EL PROBLEMA DEL AGUA
En su proyecto, Moreno Monroy no establecía nada en relación con el suministro del agua para el hospital. Por su situación se planteaban dos posibilidades: traerla desde el centro de la ciudad -en donde, como ya hemos mencionado, había escasez-, o desde Torremolinos, cuyo caudal que podía ofrecer se desconocía en ese momento.
Para llevar a cabo la obra se abrieron dos pozos de unas treinta varas de profundidad, pero resultaban escasos. Este hecho fue denunciado en su momento por el Sr. Paliza.
Era necesario resolver de forma definitiva el suministro de agua, pues las canalizaciones se debían realizar mientras el edificio estuviera en construcción. Lo mismo sucedía con las canalizaciones de aguas sucias y la procedente de la lluvia.
El arquitecto municipal planteó el problema a la Diputación. La Junta Provincial de Beneficencia reclamó al Ayuntamiento la titularidad de las dos pajas de agua que gozaba el antiguo Hospital de la Caridad. Se le reconoció al hospital su petición y la posibilidad de tomar el agua de una alcantarilla cercana, de una alcantarilla de la Trinidad. En la cesión quedaba claro que esta prestación se suspendería en el caso de que el edificio dejara de ejercer su finalidad de ayuda al menesteroso.
EN SU RECINTO
No se pueden menospreciar otros pabellones de menos importancia arquitectónica pero de gran utilidad, como eran el depósito de cadáveres y el lavadero.
El depósito de cadáveres se construyó como un pabellón sencillo de planta rectangular. Una verja de acceso conducía a dos salas, el velatorio a la izquierda y una amplia y con buena luz al final de la estancia, en donde, con el paso de los años, los alumnos de la Facultad de Medicina pudimos realizar las primeras prácticas de anatomía. Estaba situado al noroeste del hospital y con salida independiente del conjunto hospitalario.
Por los alrededores de 1917, un empleado del hospital, José de la Torre Corpas, alias el “Pipo”, era el encargado del traslado de los cadáveres hasta este depósito. Disponía de dos artilugios para su traslado: el “cajón” y la “bicicleta”.
En el primero, y con la ayuda de un enfermero, el Pipo colocaba a los pacientes difuntos tapados con un hule. A continuación, introducía el cajón en una especie de carrito que tenía dos grandes ruedas de radios similares a los de las bicicletas, de ahí su nombre. Así realizaban los cadáveres su último paseo.
En los años 70 se podían oír de forma simultánea los sollozos de los familiares de los difuntos junto a la alegría y las risas propias de los estudiantes en las prácticas de disección.
El lavadero estaba situado al suroeste del edificio de las enfermerías. Tenía un patio cuadrangular con los dispositivos correspondientes para el tendido de la ropa.
















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