martes, 11 de agosto de 2015

Apuntes biográficos del hospital Civil Provincial San Juan de Dios de Málaga.CAPÍTULO IV


Buenos días seguidores,después de unos días gastronómicos,retomo los capítulos del libro que os dije que pondría en mi blog. El capitulo de hoy esta dedicado a una dependencia muy importante del hospital:Su farmacia.Espero que os guste.


Fuente:Todo colección.Albarelos Isabelinos de farmacia.S.XIX



CAPÍTULO IV
DE LAS TERAPIAS Y UNGÜENTOS A LA FARMACIA HOSPITALARIA


LA FARMACIA DEL HOSPITAL
La farmacia del hospital, como cualquier otra farmacia del siglo XVI, contaba con un ajuar compuesto de enseres como almireces, espátulas de hierro, morteros de piedra, jaroperas y otros más que servían para la preparación de las formulas magistrales al uso. Éstas se dispensaban en forma de jarabes, pócimas, aceites, ungüentos e infusiones, bajo las directrices de las farmacopeas de Oviedo y Dioscórides.
Al comienzo, la Hermandad de la Caridad elaboraba sus propios preparados, pero más adelante los hermanos contrataron los servicios de un boticario, don Francisco Artacho, quien, en el establecimiento hospitalario y con los recursos de los hermanos, elaboraba los principios terapéuticos prescritos por la clase médica.
El contrato establecido entre los hermanos mayores, el administrador del hospital y el boticario Sr. Artacho se realizó el 30 de agosto de 1678 y tenía una vigencia de cuatro años. En él, el boticario se comprometía a acompañar en su visita diaria a los médicos y cirujanos, para saber así las prescripciones que se le encomendaban. También tenía la obligación de devolver todo el material y principios medicinales a la hermandad. Por último, se le concedió el derecho de poder vender medicinas a cualquier persona fuera del hospital. El Sr. Artacho recibía un sueldo de 500 ducados anuales, con entregas de 65 reales a la semana y dos pagas, una por Navidad y otra por la fiesta de S. Juan. El valor de las medicinas que de la farmacia del hospital, antes de la cesión a los Hermanos de San Juan de Dios, ascendía a 404 reales.
Al pasar la titularidad del hospital a los hermanos de San Juan de Dios, éstos buscaron una fórmula que redujera los costes debido a la precaria situación que presentaba el inmueble tras el cierre del corral de comedias. Decidieron dejar de elaborar los principios terapéuticos en la entidad, contratando los servicios de un boticario en su propia botica. El contrato se estableció el 13 de enero de 1834 con don Joaquín María Canales y Carbonel, y contenía once cláusulas de obligatoriedad entre las partes. Así el Sr. Canales se comprometía a abastecer de medicinas a todos los enfermos del hospital, con la excepción de las sanguijuelas y las leches de vaca, burra y cabra, empleados también como principios terapéuticos en aquellos años. La duración del contrato quedó establecido en dos años, aunque pasados los primeros seis meses y con un aviso de quince días de antelación, podía quedar rescindido. Tras una revisión de precios, el Sr. Canales cumplió con su contrato como estaba establecido hasta el 31 de diciembre de 1835.
Los principios terapéuticos utilizados en Málaga ante las epidemias de fiebres tercianas y carcelarias eran principios tradicionales basados en las sangrías, si bien se imponían nuevos conceptos y terapias: la utilización del vinagre como antiséptico y el empleo de la quina como antifebril.
Cabe destacar a finales del siglo XVIII la aparición de un nuevo medicamento, la opiata, una combinación de antimonio, quina y álcali animal inventada por el Dr. Masdewall. Su mayor eficacia quedó demostrada en el tratamiento de cuadros febriles. Estos nuevos principios terapéuticos convivieron con la todavía dominante corriente naturista de principios del siglo XIX, en cuyos inventarios se encontraban elementos terapéuticos subdivididos en: tierras y piedras, yerbas y sustancias vegetales, raíces, cortezas, leños, flores, frutos simientes, aceites destilados aromáticos, mieles y polvos. La farmacia era una auténtica cocina de la salud.
Según un reglamento de régimen interior fechado en 1864, la farmacia del hospital estaba bajo la responsabilidad del profesor farmacéutico. Éste tenía la exclusividad de regentar la farmacia del hospital y contaba con la ayuda de dos Hermanas de la Caridad, quienes colaboraban en la elaboración de los medicamentos y eran las responsables de la higiene de la dependencia y de todo el material. En estos momentos ya se realizaban registros e inventarios de cada uno de los elementos de la farmacia. Sus necesidades eran tramitadas al vocal visitador de la junta de beneficencia, y los informes de los consumos realizados se emitían a la contaduría del hospital de forma diaria. Todos estos partes eran firmados por el farmacéutico y las dos Hermanas de la Caridad.
A finales del siglo XIX la farmacia seguía bajo la dirección de un profesor farmacéutico, quien tenía prohibido, según un nuevo reglamento de régimen interior, la posibilidad de regentar otra farmacia fuera del hospital. De igual forma, se le recomendaba vivir en el hospital, y si esto no se podía cumplir, debía permanecer en él de ocho a doce de la mañana y de cuatro a seis de la tarde. Estaba asistido por los practicantes de farmacia, que tenían una presencia física permanente mediante guardias de veinticuatro horas. Entre sus funciones estaban las de ejecutar las órdenes del profesor, dispensar las medicinas y cuidar de la limpieza de la botica:
Cuidar de que las vasijas, botellas o tarros donde se depositan las medicinas recetadas pasen a las enfermerías, rotuladas con el número de la cama del enfermo e indicación si tiene uso interno o externo, para evitar equivocaciones lamentables y que las vasijas vayan tapadas para que no caigan insectos que puedan repugnar al enfermo”. Art.157 RGRI.1899.
En el enclave actual del hospital, la farmacia se encontraba situada en el cuerpo posterior de la planta baja, frente a la puerta interior de la capilla. En 1950 estaba bajo la dirección de don José Bello Marín. Además de los practicantes correspondientes, contaba con la ayuda de la Hermana de la Caridad sor Rosario.
He tenido la oportunidad de conocer a doña María del Pilar Sánchez García-Camba, farmacéutica y posteriormente Jefe de Servicio de Farmacia en el Hospital Civil, cargo que continuó desempeñando en el Hospital Virgen de la Victoria hasta su reciente jubilación. A ella le pedía consejo cuando me atrevía a realizar los medios y soluciones necesarias para el mantenimiento de los tejidos en el Banco de Tejidos del Centro de Transfusión Sanguínea de Málaga. Amablemente y con la sencillez que le caracteriza, me ayudaba y me proporcionaba los medicamentos necesarios para su preparación. De igual manera, ahora me ha ayudado a engranar la historia de la farmacia de este hospital.
Era finales del año 1966 cuando me incorporé a la farmacia del Hospital Civil. En esas fechas, su responsable era don José Bello Marín, quien durante el mes de diciembre de ese año me mostró, con gran entusiasmo, los quehaceres diarios de la farmacia, tanto en su vertiente técnica como administrativa. De aquella primera época recuerdo particularmente la eficiente y estricta gestión de los estupefacientes, así como el extraordinario celo en su trazabilidad, teniendo en cuenta que mensualmente se remitía a Sanidad el estadillo en el que figuraban las adquisiciones y consumos.
Hacia mediados de los años sesenta, pocos hospitales tenían como responsable de la farmacia a un farmacéutico. Entre aquellos que sí lo tenían se encontraban los pertenecientes a las diputaciones, ayuntamientos, los grandes hospitales de la beneficencia general del estado, y los hospitales militares y clínicos. En estos últimos era costumbre que el responsable de la farmacia fuese el catedrático de Galénica de dicha facultad -si en la ciudad correspondiente existía Facultad de Farmacia.
En el año 1967, la Seguridad Social crea en sus hospitales los servicios de farmacia, y en septiembre de 1968 se incorporan los primeros farmacéuticos. Por aquel entonces, la función más destacada de la farmacia de nuestro Hospital Civil era la dispensación de medicamentos para reponer los botiquines de las diferentes salas, así como su preparación en formas magistrales, actividad que ya iba disminuyendo a favor de la cada vez mayor presencia de la especialidad farmacéutica.
Un hito importante en la farmacia de hospital en España fue cuando Leopoldo Arranz, jefe del Servicio de Ordenación Farmacéutica, organizó en Madrid la Primera Mesa Redonda sobre Farmacia Hospitalaria, donde se establecieron las bases de la estructura, ordenación y funcionamiento de los servicios de Farmacia. Posteriormente, la orden ministerial de 1 de febrero de 1977 reguló legalmente las actividades del farmacéutico y reconoció su profesionalidad como auténtico protagonista del medicamento.
No cabe duda que tanto la primera mesa redonda de 1970 como la orden ministerial del año 1977 consolidaron las actividades propias del farmacéutico de hospital.
La farmacia de hospital ya era considerada como un servicio general clínico en el que se contemplaba la jerarquización propia de otros servicios clínicos. De este modo, las plazas de farmacéuticos quedaban clasificadas en tres categorías: jefe  de servicio, jefe de sección y adjunto. Estos fueron los puntos más relevantes que, junto al equipo de facultativos, enfermeros, auxiliares, celadores y personal administrativo, pusieron en marcha los pilares que sustentan la farmacia hospitalaria actual.
En los años ochenta se pusieron en marcha muchas actividades claves en el servicio. Así, en 1982 comenzamos con el sistema de dispensación y distribución en dosis unitarias, y al mismo tiempo se creó la Unidad de Nutrición Parenteral y Enteral”.
En aquellos años la farmacia del Hospital Civil también realizaba prestaciones farmacéuticas a otros centros dependientes de la Diputación Provincial de Málaga, en concreto, al Hospital Psiquiátrico, al Centro Psicoterapéutico Virgen de la Esperanza y a los Hogares Provinciales de Nuestra Señora de Fátima, San José, Nuestra Señora de los Ángeles y de la Victoria.
En este momento la Ciudad Sanitaria Carlos Haya contaba con siete farmacéuticos y siete residentes, mientras que el hospital luchaba por conseguir cinco farmacéuticos (los correspondientes al número de camas hospitalarias).
En 1984 se comenzó a funcionar con la Unidad de Citostáticos y la Unidad de Farmacocinética Clínica y Toxicología.
Cuando en 1989 se realizó el traslado al Hospital Clínico, la farmacia, al frente de doña Pilar, pudo seguir desarrollando estas actividades a pesar de contar con grandes dificultades. Además puso en marcha la Unidad de Atención al Paciente Externo, la Unidad de Ensayos Clínicos, y la gestión y dispensación de medicamentos extranjeros y uso compasivo.
No hace mucho que doña Pilar se ha retirado, pero ha dejado un mensaje claro y contundente:
La atención farmacéutica integral y su extensión a todos los pacientes constituye hoy el principal reto para los farmacéuticos de hospital: añadir valor al proceso asistencial mediante una terapia individualizada que permita una atención cercana, eficaz, segura y de calidad en beneficio del paciente, integrando al farmacéutico en el equipo junto a médicos y enfermeros. Por ello, tanto las direcciones hospitalarias respectivas como el equipo de profesionales que conforman el servicio de farmacia tienen que aunar su empeño, esfuerzo y, yo diría también, su ilusión para que la atención farmacéutica sea una realidad en beneficio de todos los pacientes”.
En este momento, la farmacia del Hospital Civil forma parte del cuerpo central de quirófanos en su planta baja, en el edificio que permanece tras la desafortunada remodelación de los años setenta. Se desenvuelve como una oficina de dispensación, dependiente del servicio de farmacia del Hospital Materno –Infantil Carlos Haya.

CONTINUARÁ. . . . . . . . .



     

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