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jueves, 24 de marzo de 2016

Apuntes biográficos sobre el Hospital Civil Provincial San Juan de Dios de Málaga Capitulo XII

CAPÍTULO XII
FUNCIONAMIENTO DEL NUEVO HOSPITAL

REGLAMENTO PARA GOBIERNO Y RÉGIMEN INTERIOR

Según reglamento fechado en 1899 en la imprenta de tipografía “El Cronista”, se puede saber cómo transcurría el día a día en el Hospital Civil Provincial San Juan de Dios y los componentes de su organigrama jerárquico y funcional.
La máxima autoridad la constituía la figura del visitador médico, cargo honorífico y gratuito ostentado por un diputado provincial, y cuya función principal era la de inspeccionar el hospital y corregir sus deficiencias.
La figura del director estaba desempeñada por el profesor más antiguo del cuerpo médico-quirúrgico e, igualmente, era un cargo honorífico y gratuito. A él estaban subordinados todos los empleados del establecimiento. Era su responsabilidad el buen funcionamiento del centro, labor que compartía con el visitador. Además realizaba la programación de guardias médicas, presidía las juntas facultativas y realizaba el traslado del personal sanitario auxiliar, entre otras funciones.
La administración la llevaba, lógicamente, el administrador, que tenía que tener al día un sinfín de libros de cuentas. Entre ellos se disponían: un libro de caja donde constaban los gastos e ingresos diarios; un libro de cuentas a los acreedores; un libro de presupuestos; otro copiador de comunicaciones oficiales; uno de enfermeros y sirvientes, donde constaban los días de ingreso y despido así como el sueldo; y, finalmente, un libro de registro de facultativos.
Además del seguimiento de los citados libros, también realizaba una vez al año el inventario de todos los enseres del establecimiento, con sus bajas y nuevas adquisiciones, así como el presupuesto ordinario. Rendía cuentas al contador los días seis de cada mes, y el día 8 de julio de cada año para los presupuestos de carácter anual.
El administrador tenía una caja donde depositaba los haberes del hospital. Ésta disponía de dos llaves, una que estaba en su poder y la segunda en manos del interventor, pero el administrador, tenía la autorización de tener fuera de la caja hasta doscientas cincuenta pesetas en metálico para los gastos menores.
El interventor, además de ser el dueño de la segunda llave, gozaba de  poder fiscalizador sobre la administración y poseía un buen número de libros de registro, al igual que el administrador.
Se contaba con una oficina o departamento llamado Comisaría de Entradas que, extrapolado al momento actual, vendría a ser como el departamento de admisión de enfermos de nuestros hospitales.
Los facultativos del hospital eran llamados en su conjunto profesores de las distintas secciones de medicina, cirugía y farmacia, y se distinguían en cuanto a la calificación, con la correspondiente denominación en: número, agregados o auxiliares, según la categoría y el grado de responsabilidad con que eran designados.
Al frente de cada sección y bajo su responsabilidad figuraba el profesor más antiguo de los de su clase. Entre sus funciones estaba la de verificar el cumplimiento de la asistencia profesional, la existencia de ropas y utensilios necesarios, y la frecuencia de los alimentos y medicinas. Del mismo modo, sus responsabilidades también pasaban por la observación de la higiene, el control del horario de las visitas médicas, la distribución de los profesores en sus salas, y la convocatoria y presidencia de las llamadas juntas facultativas.
A su vez cada sección estaba dividida en distintas enfermerías, presididas por un profesor que era el jefe inmediato de todo lo relativo a la asistencia facultativa.
El horario de visita a las salas se realizaba a las siete de la mañana desde mayo a septiembre, y a las ocho en el resto de los meses del año. Además había una segunda vista en horario de tarde realizada bien por el profesor de la sala correspondiente o por el profesor de guardia.
La visita estaba integrada por un cortejo que comprendía el profesor de la sala, el profesor auxiliar, el practicante, una Hermana de la Caridad y los enfermeros. El practicante era el encargado de anotar las pautas de tratamiento y alimentación. Una vez revisadas por el profesor, se procedía a la botica para las medicinas y la Hermana de la Caridad se encargaba de lo relativo a la alimentación.
Tanto la sección de medicina como la de cirugía celebraban con carácter mensual juntas facultativas equivalentes a lo que hoy entendemos por una sesión clínica, donde se debatían los temas científicos relativos a las enfermedades y a los enfermos ingresados.
Las funciones de los practicantes estaban dirigidas por el practicante mayor, algo así como el director de enfermería de nuestros tiempos actuales. Los enfermeros, además de realizar las visitas diarias, atendían las curas, administraban las medicinas, realizaban guardias de 24 horas y practicaban las sangrías que con tanta frecuencia se utilizaban en el momento.
También se contaba con los mal denominados “enfermeros y enfermeras”, pues parece que dichos cargos correspondían a los actuales de auxiliar de enfermería, ya que sus funciones pasaban por servir la comida, hacer las camas y asistir a las necesidades higiénicas de los pacientes. Por otra parte, estaban los llamados “mozos de limpieza”, que en parte correspondían a la figura presente de celador o celadora.
Por último, y en cuanto al organigrama se refiere, el hospital contaba con personal no sanitario como ordenanzas, porteros, escribientes y auxiliares.
Todos los años el hospital se veía gratificado con la visita de los Reyes Magos, acompañados por las autoridades del momento. Sus majestades eran previamente invitadas por el abogado, cronista y poeta malagueño don Narciso Díaz Escovar, que les acompañaba en la visita. Los niños ingresados en las Salas de San Juan Bautista y San Manuel recibían juguetes y caramelos, dulces sorpresas que confortaban a los enfermos más pequeños.
DE LOS ENFERMOS Y SU ASISTENCIA
Después de los trasladados desde el viejo centro, los primeros enfermos que llegaron al hospital fueron los heridos en las revueltas producidas en 1873 con motivo de la proclamación de la I República.
El hospital ofrecía una asistencia destinada a todos los enfermos pobres y desvalidos de la provincia. Al centro llegaban bien por voluntad propia o por solicitud de la familia, la autoridad o el párroco de su entorno. También eran acogidos los heridos y transeúntes que no gozaban de albergue y familia.
Antes de 1885 no se admitían a enfermos enajenados, como se ha mencionado con anterioridad. Los enfermos con enfermedad infecto-contagiosa no se admitían sin antes asegurar una zona de aislamiento y separación. Los presos, en principio, no eran admitidos, pues el hospital tenía carácter benéfico y de caridad, y no era albergue de corrección. Sólo en casos excepcionales y de forma provisional, pacientes de este tipo ingresaban por orden de la autoridad competente.
Los ingresos regulares se realizaban por la mañana, media hora antes de la visita de los médicos a la sala y siempre precedidos por un reconocimiento médico. Existía el ingreso extraordinario a cualquier hora por orden y juicio del profesor de guardia. Los ingresos estaban lógicamente condicionados por la disponibilidad de camas libres.
También se contemplaba la posibilidad de asistencia sin ingreso, mediante la cual los pacientes permanecían en una pequeña dependencia que se denominaba consulta pública, el equivalente al hospital de día o a las actuales consultas externas.
Dejando a un lado la asistencia médica, podemos ocuparnos de la faceta “hotelera” del hospital, es decir, del buen servicio de cocina del que disfrutaban los pacientes. Se disponía de pan, carne de vaca, tocino, huevos, gallina, leche de vaca, cabra y burra, arroz, garbanzos, fideos, habichuelas, patatas, chocolate, bizcochos y vino común.
La designación de los alimentos, siempre bajo prescripción facultativa, estaban clasificados en: ración, media ración, dieta animal y dieta vegetal. En cada una de ellas estaba establecida su composición y cantidades. La administración en presentaciones solidas y los caldos que de ellas derivaran, se realizaban en función de la patología que presentara el enfermo.
El personal asistencial constituido por enfermeros y asistentes recibía la misma ración, aumentada en 180 gramos de pan, y la sustitución de las verduras asignadas en el almuerzo.
Se comía pasados quince minutos de la visita médica por la mañana. El almuerzo era a la una de la tarde y la cena, a las cinco y media en invierno, y una hora más arriba durante el verano. Los pacientes de pago tenían el privilegio de disfrutar de una dieta en proporción a su pago por asistencia.
En cuanto al régimen de visitas a los enfermos se refiere, los allegados y familiares tenían permitida la visita dos días en semana: jueves y domingos en horario de diez a once de la mañana para las mujeres, y de dos a tres de la tarde para los hombres. No estaba permitida la estancia de más de tres personas por enfermo y el tiempo total de permanencia en el hospital era de media hora. Durante el periodo de visita, se duplicaba en número la vigilancia por parte de las Hermanas de la Caridad, enfermeros y practicantes, con el fin de evitar que los enfermos recibieran comida de los visitantes y pudieran con esto agravar su enfermedad.
LOS DIRECTORES DE LA PRIMERA FASE DE LA NUEVA UBICACIÓN
DR.DON CARLOS DÁVILA BERTOLOLI, fue médico segundo desde el 4 de febrero de 1873, cuando el hospital todavía seguía funcionando en los alrededores de la catedral.
De familia de abolengo malagueña, este médico, no muy alto pero de aspecto atlético y carácter serio, fue más tarde el primer director del hospital en su nueva ubicación.
Tras dura oposición, ascendió a médico primero de la sección de cirugía el 12 de noviembre de 1877, cargo que le hacía ostentar de forma inmediata la dirección del hospital, que ocupó hasta 1897.
No sería éste el único cargo que ejercería, ya que don José Carreño de la Cuadra, gobernador civil de Málaga, lo nombró alcalde interino en 1881. El Ayuntamiento de este momento, presidido por don José Alarcón Luján, estaba constituido por un cabildo casi vacío, pues la corporación presentaba 27 vacantes entre bajas, renuncias y fallecimientos.
Bajo los lemas de justicia y libertad, don Carlos Dávila Bertololi aceptó tal responsabilidad a sabiendas de que su empresa no sería fácil. Le tocó desempeñar la dirección de un ayuntamiento lleno de deudas y sin ningún remanente económico. Y por eso de que las desgracias nunca vienen solas, en las noches del 5 y 6 de abril de 1881, Málaga se inundó una vez más y los barrios el Perchel y la Trinidad se vieron anegados hasta tal punto teniendo que las barcas tuvieron que salir a sus calles. El Ayuntamiento recurrió al pueblo iniciando una suscripción popular encabezada por su alcalde y los concejales.
En este mismo periodo, la compañía de gas amenazó con el corte del suministro para el alumbrado público ante la falta de pago. Hay que decir que el gas Lebón había llegado a la ciudad en 1854, que su explotación ya estaba perfectamente comercializada y que el Ayuntamiento estuvo a punto de producir en dos ocasiones la ruina de la fábrica por culpa de sus tradicionales y enfermizos impagos.
En esta situación de penuria llegó su nombramiento oficial del alcalde en propiedad el 27 de junio de 1881, cargo que ejercería hasta 1883.
Siguió su labor como alcalde sin olvidar sus raíces de médico, por lo que insistió de forma prioritaria en aquellas cuestiones referentes a la salud pública. Su política restrictiva le llevó a suprimir las fiestas de agosto en Málaga con la idea de utilizar su presupuesto, unas 8.750 pesetas, en otras necesidades más urgentes para la ciudad, como la subida de los paredones del  Guadalmedina, destruidos tras las últimas inundaciones.
Este médico de pronto serio, pero de gran corazón y buenos sentimientos ocultos tras su poblada barba negra, fue también presidente del colegio de médicos desde noviembre de 1880 hasta finales de 1881.
Fue motivo de crítica de algunos malagueños, entre los cuales se encontraban compañeros suyos, que con demasiada severidad, y a través de la revista del colegio “La Clínica de Málaga”, expresaron su disconformidad. Todos estos acontecimientos obligaron al Dr. Dávila a pedir permiso para ausentarse de la ciudad, licencia que se le fue concedida.
El 5 de julio de 1883 el gobernador de la provincia dio paso a la lectura de la real orden por la que se nombraba a don Ildefonso Gonzales Solano como nuevo alcalde de Málaga.
Sin embargo, el personal del hospital, los enfermos y la Diputación Provincial sí supieron valorar la labor de este médico. Así quedó plasmado en una lápida conmemorativa colocada en la primitiva Sala de San Carlos:

San Carlos. Testimonio de la alta consideración y cariño que al cuerpo médico-farmacéutico, capellanes y hermanas de la caridad de este hospital les merece su digno director, el Excmo Sr. D. Carlos Dávila Bertololi. - 1 mayo 1897”.
DR. DON SEBASTIÁN PÉREZ SOUVIRÓN, fue director del hospital desde el 21 de abril de 1898 al 25 de enero de 1923. Hemos mencionado su gran labor en la consecución del manicomio y en la leprosería del hospital. Gracias a su empeño e interés, y a la amistad que le unía a la familia Larios y al Sr. Galwey, se pudieron hacer realidad ambas empresas. A pesar de que los médicos de Málaga de este momento publicaban poco, sí hay constancia de un artículo de este médico: “Aneurisma de la arteria femoral”, fechado en 1881.
Durante la dirección del Dr. Pérez Souvirón, un hecho trágico para Málaga influyó de alguna manera en la prosperidad del hospital. El 16 de diciembre de 1900, debido al fuerte temporal, la fragata alemana Gneisenau trató de acceder al recinto portuario hacia las once y media de la mañana. A primera hora de ese día, el comandante Kretschmann había renunciado a la invitación de las autoridades para refugiar la nave. Poco después, el fuerte oleaje rompió las anclas y la fragata fue arrastrada contra las rocas de La Farola. Los habitantes de Málaga intervinieron de forma activa ayudando a la evacuación de los supervivientes. Murieron 41 personas, de las cuales 12 fueron voluntarios malagueños. Este hecho justifica en el escudo de la ciudad la leyenda “La muy hospitalaria”.

Fuente: fragata alemana Gneisenau.Archivo Temboury
En cuanto al hospital se refiere, el Kaiser de Alemania Guillermo II, en agradecimiento a la entrega del pueblo de Málaga, dotó al centro sanitario de un excelente laboratorio en 1907.
Tenemos referencias que apuntan a que en el año 1921 en dicho laboratorio, que estaba bajo la dirección de un farmacéutico, sólo se realizaban análisis de orina, por falta de medios y por lo que alegaba este señor, que considero algo más grave:
. . . “porque ¿para qué? Si muchos médicos no entenderían los resultados de análisis más complejos”.
DON JOAQUÍN CAMPOS PEREA Y DON FERNANDO RUIZ DE LA HERRANZ, fueron dos directores de paso, debido a las presiones políticas del gobierno del general Primo de Rivera, que anunció que la dirección del hospital sería para el Dr. Gálvez Ginachero.
Ante la noticia de su inminente sucesor, el Dr. Campos renunció el 8 de febrero de 1923. Con el fin de dar cobertura legal se procedió a una nueva votación a favor del Dr. Ruiz de la Herranz, quien no aceptó el nombramiento por el mismo motivo.
El Dr. Ruiz de la Herranz era natural de Málaga y estudió en Barcelona, donde obtuvo su licenciatura en 1881. Empezó ejerciendo la medicina general en el campo rural, pero sus aspiraciones científicas le condujeron, tras oposición, a ingresar en el hospital cuando el Dr. Dávila figuraba como director. Pasados sus cuarenta años conoció al profesor Grancher, del que aprendió lo que sería su verdadera especialidad: tratar a los enfermos de pecho y corazón. Cuando era impensable la función docente en el ámbito de la medicina de la época, él se dedicó con gran entusiasmo a transmitir sus conocimientos a los jóvenes médicos principiantes. Murió a los 65 años el día 6 septiembre de 1927. El Dr. Don Rafael Pérez Bryan lo recordaba así en la Revista Médica de Málaga:
(...) Su actividad en el Hospital Civil fue intensa. Organizó sus clínicas con moderno espíritu científico; hizo su consulta externa numerosa perfectamente atendida y llevada con todo esmero, empleó toda clase de técnicas y medicaciones para poder juzgar con perfecto conocimiento de causa de la utilidad, beneficios o inconvenientes de ellas; (...) organizó cursillos, conferencias y formó una colección de especializados de los que hay algunos que hacen honor al maestro (...)”.
PROBLEMAS SANITARIOS EN LA MÁLAGA DEL FINAL DEL PRIMER CUARTO DE SIGLO XX
Con el nuevo hospital parecía que la salud de los malagueños estaba asegurada, pero un nuevo enclave con adelantos asistenciales no era suficiente para considerar a Málaga como una ciudad sana. Había grandes problemas de educación sanitaria y de salubridad pública que la seguían haciendo débilmente comprometida en temas sanitarios.
Los adelantos en materia de bacteriología estaban demostrados y desde 1894 se sabía a ciencia cierta los agentes causales de las temidas pandemias de épocas anteriores. En concreto, se tenía conocimiento de que el bacilo que causaba la peste bubónica correspondía a la Yersinia Pestis. Para poder diagnosticar a ciencia cierta esta enfermedad, Málaga contaba con un laboratorio municipal dirigido por el Sr. Siervet.
La población de los nuevos barrios obreros vivía hacinada en los llamados “corralones”, casas multivecinales con un patio común que gozaban de un solo servicio para el aseo de todo el vecindario. Dicho aseo generalmente se encontraba próximo a un pozo o grifo también comunes y que suministraban agua de dudosa potabilidad.
De aquí se desprenden dos hechos: la posible contaminación del agua de suministro por culpa de las residuales y el contagio multitudinario. Además, esto constituía un escenario ideal para que roedores e insectos colonizaran a sus anchas. Todo lo mencionado, unido al aumento de la mendicidad, convertía a la ciudad en un medio ideal de cultivo para desencadenar cualquier proceso infeccioso.
Entre febrero y marzo de 1923 la prensa del momento denunció algunos casos posiblemente de peste bubónica padecidos por obreros de la zona de la Coracha y la Pelusa. Se tiene constancia de algún enfermo con esta patología ingresado al comienzo de sus síntomas en el Hospital Civil.
El Ayuntamiento estableció un hospital, parecido al de los antiguos lazaretos en la zona norte del Guadalmedina. Con esto trataba de no esclarecer la veracidad de la enfermedad y solucionar el problema. Asistieron a la entrega de este improvisado hospital el gobernador de la provincia, Sr. Queipo de Llano, y su alcalde, don José León Donaire.
Una explicación al encubrimiento de la enfermedad salió a relucir, como siempre fundamentada en los intereses económicos: el temor al cierre del puerto y a que no llegaran visitantes a las venideras fiestas de Semana Santa. Cabe mencionar que Málaga, por aquel entonces y debido a la fama de su clima, ya era atractivo turístico.
La importancia de la peste bubónica trascendió hasta el Gobierno, que tomó cartas en el asunto contradiciendo con los pareceres del Ayuntamiento. Éste último, quitando importancia a los acontecimientos, consideró exageradas las medidas adoptadas a nivel central.
Como resultado de todos los dimes y diretes, el gobierno Civil estableció una serie de medidas estrictas: campaña raticida, incidencia en la limpieza pública y privada, desinfección de los barcos al entrar y salir del puerto, y la vacunación de la población.
Estas medidas, si bien no se cumplimentaron al cien por cien, fueron suficientes para que a finales del mes de junio el ministerio de la gobernación felicitara a Málaga por el logro conseguido, según se hizo constar en el acta capitular de la sesión del 28 de junio de 1923.



       

































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